Otra mayoría de edad

Al hilo de una tragedia que me tenía atenta a la tele, veo al alcalde de Málaga, Francisco de la Torre. Lo reconozco inmediatamente porque ya lo era cuando yo vivía allí y fue uno de los personajes de quienes tuve que despedirme cuando dejé aquel periodismo, aunque en este caso no fue ninguna obligación porque me caía especialmente bien. (Voy a confesar, así, entre nosotros, que el hecho de que su predecesora fuera Celia Villalobos, habría hecho bueno, creo, a cualquier sustituto. No hay palabras para explicar con facilidad la alegría que me llevé cuando la nombraron ministra de Sanidad. Supongo que debería de haberlo sentido por los administrados, pero había algo como de supervivencia en primera persona que hacía que sólo me importara que se fuera de allí).

La estampa de Francisco de la Torre, Paco para todos en cuanto cruzas dos palabras con él, a quien creo que no había vuelto a ver desde entonces, ha sido como el interruptor que me ha ayudado a darme cuenta de que un fin de semana como hoy, pero de 2001, viajé a Madrid convocada por los rigores de Fitur, y me reuní con el intendente de mi empresa ante el que reportaba, para decirle que me quería ir aprovechando las ventajas que ofrecía un expediente de regulación de empleo (ERE) que estaba entonces vivo y que era como una fiera corrupia para la mayoría de la plantilla, sobre todo para los más veteranos.

Voy a aprovechar –no sé si como quien trata de recuperar la honra o para hacer justicia con aquel jefe, que intentó por todos los medios que no siguiera mi plan– para decir que si hubiera querido habría podido rascar una mejora en mis condiciones laborales y que él no quería ni darse por enterado hasta que no me lo pensara y volviera a Madrid a reunirme con él. Por teléfono, después, me pidió que entre los dos revisáramos los lugares del mundo donde yo creyera que podía encajar porque había delegaciones en movimiento y yo tenía que estar donde me sintiera bien… Pero yo estaba más que decidida a irme, y no me apeé; era como si una ola me llevara por delante, con una alegría tan fuerte y tan evidente que se hacía incomprensible para quienes no me conocían -y también para algunos de los que sí que me conocían- y que dio lugar a todo tipo de habladurías que me tenían espeluznada y que sólo confirmaban que ése no era mi lugar.  Volver a aquellos días es tocar una sensación de aventura comparable solo con lo de enamorarse.

Y es también de justicia reconocer que dejar la Agencia Efe, teniendo además un puesto de delegada en un sitio tan magnífico, fue sin embargo casi sólo una anécdota dentro de la revolución vital que estaba yo viviendo. En ese momento, sabía con seguridad que no me quería jubilar como periodista -no me gustaba nada cómo envejecían mis compañeros; me parecía grotesca su forma de valorar y de narrar una y otra vez acontecimientos de medio pelo que no pasaban de batallitas irrelevantes, sólo porque los vivieron de cerca. El mundo de la cooperación me resultaba atractivo, pero lo único que acertaba a enfocar realmente era a querer viajar y llegar a sitios donde no tuviera que dar explicaciones a nadie de nada.

Al salir de mi último día de trabajo, en vísperas del Día de Andalucía, pasé caminando por una calle que tenía un herbolario y una librería muy completa, dos sitios a los que venía entrando una vez a la semana como promedio. Me compré unos cuantos libros -Los cuatro acuerdos, de Miguel Ruiz y Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda entre ellos- y después entré al herbolario y vi que anunciaban para ese día a una mujer que leía las cartas, así que sobre la marcha me animé por primera vez en mi vida a semejante locura, más como un acto divertido de rebeldía que con ningún otro objetivo ni confianza en algo así. Era una baraja española. Me acuerdo muy bien de la mujer, muy menudita y con el pelo muy largo negro -casi azul- con una piel oscura y muy fina, a quien se le agravaba un poco la voz cuando hablaba al dictado de lo que veía en las cartas (“…dicen las cartas que te da coraje que la gente se separe pero tú también  necesitas irte…”). Me recomendó manejar cuarzo citrino y me compré una priámide chiquitita de ese cristal allí mismo. A continuación estuve durante horas frente al mar.

Lo último que en ese momento me habría imaginado es que mi dedicación pudiera llegar a tener algo que ver con las cartas. Lo último de lo último. Sin embargo ahí se me debió de quedar prendida una semilla, y muy poco después descubrí a Alejandro Jodorovski y me empecé a interesar por el Tarot en todo lo que ayudaba a entender las vías espirituales y de sanación en las que andaba yo indagando.

Ha llovido mucho desde entonces. He corregido muchos libros, he escrito muchos textos que han firmado otros; he impartido talleres de escritura creativa, he trabajado por mi cuenta, para terceros, para sinvergüenzas que se pretenden maestros, para gente buena… He pasado épocas donde no podía asumir tanto trabajo como se me ofrecía y con presupuestos sobre los que yo tenía voz, y luego me he visto haciendo ronda por teléfono inútilmente para que mis clientes se acordaran de mí… Día hubo en que coticé por facturas que no logré cobrar.

Y también me he formado en infinidad de métodos de terapia y he conocido a otros tantos gurús, y aunque de muchos de ellos he salido huyendo, reconozco también a algunos maestros en el pleno sentido de la palabra; sabios (y sabias) comprometidos con el potencial humano, gente con visión y generosidad para apuntalar talentos ajenos.

De entre ellos, quiero resaltar a la artista uruguaya Graciela Figueroa, con quien tengo el privilegio de colaborar a través de Río Abierto España, una escuela en la que he aprendido que la danza en todas sus formas -incluida la quietud- es una cosa orgánica y sanadora, que ayuda a armonizar el cuerpo, la mente y las emociones, y a liberar al ser, a través de la expresión corporal más vital y genuina.

También quedará para otro escrito las puertas que tuve que pasar para estar ahora donde estoy; por ahora me voy a conformar con honrar que el hilo conductor de todo este tiempo ha sido no dejar de estudiar y practicar el Tarot, un libro sin palabras que es infinito, porque se nutre de todo y da sentido a todo. Aprovecho por eso para hacer valer su sabiduría, que es una ayuda espléndida, tanto en consulta como aprendiendo el sus significados. Y para agradecer inmensamente todo cuanto me ha traído hasta aquí.

El chispazo de ver a Paco de la Torre y de la coincidencia con Fitur ha sido imprevisto; yo estaba pendiente de la noticia de un niño que ha abierto los informativos las dos últimas semanas, finalmente rescatado desgraciadamente sin vida. Y estaba pensando en cuánto bueno ha despertado en los demás, mientras descubría con mucha emoción unos brotes verdes en unas hojas rescatadas de una crasa que pasó a mejor vida y que metí en agua con escasa fe, allá por agosto. De eso estaba pendiente, a vueltas con la fe y con la inocencia, cuando me he dado cuenta de que hace 18 años tomé la decisión más importante y más incomprensible de mi vida. Ahora sí he alcanzado la mayoría de edad. Y todo está desplegando brotes nuevos. Me felicito de corazón y lo celebro. Gracias.

 

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