2019: la hora de la Verdad

Está amaneciendo y todo ha de quedar a la vista. Todo. En toda su Verdad –en toda su capacidad sanadora. La Luz que aparece hacia adelante abre un horizonte desconocido creciente que acierta a desplegarse infinitamente despejando la visión y desvelando la realidad, ensanchando la conciencia y la vitalidad; es de una cualidad que inevitablemente deslumbra momentáneamente a lo de hoy. Atrás quedaron las sombras melifluas, las oscuridades inmanejables, los cantos de sirena… La quiebra radical y sin vuelta atrás de las medias tintas es un fuego que arde sin contemplaciones y se lleva por delante cualquier concesión a la morriña que parecían empeñarse en nutrir las viejas neurosis.

La noche ha sido larga y, sobre todo, había mucho trabajo que hacer debajo de todos los velos de la confusión; de entrada, no estaba tan clara la diferencia entre el sueño y la realidad pero sobre todo, lo que ha sido más duro es que pocos sueños se han mantenido como fantasías inocentes -que si no se han vuelto propósitos con los que comprometerse se han revelado como pesadillas terribles. Ha sido larga y fría la noche, y se ha impuesto en una actividad emocional difícil de esquivar: no sólo la fuerza de la riada es incontestable; casi más temible es la capacidad corrosiva de la humedad inapreciable a simple vista, la que avanza mohosa y mortecina y que se detiene en la tuberculosis para cantar un logro del que no quiere salir porque no se da cuenta de que ahí sólo hay muerte -todo lo incompleto es una especie de mentira y la mentira está enferma como la muerte en vida- y eso es un contrasentido muy loco.

Y no ha servido, para sacar todo el partido al proceso, ninguna reflexión cabal, ningún parámetro conocido -ni agudizar la visión tratando de extraer el aprendizaje aún pendiente, ni el discernimiento de motivos que pudieran explicar desde asientos antiguos los porqués o los para qués. No ha servido porque lo que requerían las honduras donde se ha venido a revolver todo era simplemente tu mirada y tu consideración -es sabido que el plus de un abrazo acelera la cosa, pero no siempre es posible, así que al menos tu mirada y tu consideración.

Ha sido una noche larga -mucho más allá de la frontera de un año; cada cual sabe cuánto ha durado. Lo de hace un par de años fue solo un respirito imprescindible cuando ya no se podía más, para poder hacer este tránsito final del que salimos ahora renovados y fortalecidos, dispuestos a despertar: el revolcón de no dejar pendiente nada de lo sombrío, de lo confuso, de lo delirante; de no pasar por alto ninguna herencia enferma, abrazar la sensibilidad a veces insoportable que te asiste en cada herida que no quieres mirar y que se impone porque la cosa está para la vida…

Y todo formaba parte de la verdad, como forma parte de la verdad que la sensibilidad femenina lleva demasiados siglos ocultándose o como forma parte de la verdad que nos dedicamos inútilmente a cuartear la realidad como si el planeta no fuera uno solo o como si el eterno femenino en toda su vocación para la vida pudiera considerarse como un mundo aparte. Como si pudiera atenderse la vida en uno solo de sus aspectos, o como si la sanación tuviera algo que ver con resortes vengativos… Aún así, era lo que había -es lo que hay- y había ver dónde dolía más y dónde es más urgente la sanación.

Pero ya está saliendo el Sol y el Sol sale para todos sin excepción, que hasta La Luna se recupera a sí misma gracias a su preciosa Luz redentora. Ya está saliendo el Sol y nada va a poder sustraerse a su anchura de visión, a su resurrección, a su capacidad redentora y revitalizadora. Hasta el tóxico de las aguas estancadas ha de reactivarse en formas de vida asombrosas y generadoras de más y más vida, más y más luz, más y más sanación, más y más alegría de vivir, más y más autoconsciencia, más y más sentido, más y más verdad de ser… Es natural la resistencia a abandonar la noche cuando hace tanto tiempo que el único consuelo era esconderte debajo de la almohada.

Con el sol en lo alto, termina la miopía disgregadora. La cuestión deja de ser si la verdad es una o varias, o si es una ecuación de suma de verdades y resta de mentiras, o si es interpretable. Lo que ahora pasa a primer término es la vida -la realidad, la vitalidad- y ahí hay poco que discutir. De hecho, no parece el momento de distraerse en disquisiciones cuando la cosa es tan clara. No parece momento más que para hacerse (o no) disponible.

Estamos en 2019, amigos, nos asiste el arcano XIX: El Sol. Despertar es una oportunidad para renacer. La angustia de la soledad puede dar paso a la conciencia de integridad; la locura de las hipertrofias perceptivas se ha de volver pura visión cabal, y el miedo a los monstruos internos es ahora anecdótico en comparación con el compromiso de la expresión del ser en plena lucidez. Nos asiste el Sol, no se puede pedir más; sólo dejarnos llegar y permitir que la vida y la gratitud se vayan desperezando y mostrando lo que hay. En toda su inocencia; en toda su potencia.

Feliz amanecer. Feliz despertar. Cada pequeño movimiento ha de oxigenar la realidad. Que sea para la vida y para la alegría de vivir.

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