Donde Mozart tomaba la inspiración

Han pasado justo tres años de este escrito. Fue en Goba (Etiopía), en la trastienda de un local de informática con el suelo de tierra y donde parecía imposible que algo pudiera funcionar. El príncipe de Abisinia, entonces en un orfanato en ese mismo pueblo, está otra vez en aquéllas regiones que nunca hemos dejado de compartir. Y yo sigo sintiendo su bendición a demanda. Cuando faltan unos días para volver a viajar al país de la Reina de Saba, que sin él ahora es otra galaxia, no me resisto a compartir uno de los chispazos de inspiración que me regaló este ser de mirada redentora. Diría, para justificar esta entrada, que en ella se recogen todos los arquetipos conocidos y que quizá llegue el momento de desentrañarlos.

En los reinos donde Mozart tomaba la inspiración -quizá también Pitágoras y algún otro iniciado como William Blake- había una vez un príncipe con una mirada de ojos negros que derretía las piedras. Su piel fina de color entre café y chocolate irradiaba al moverse la elegancia y la textura irisada de todos los colores conocidos en aquella dimensión, transparentes y limpios como el agua del arroyo donde un día se originó la vida…
Cuando regresaba de sus expediciones, yo buscaba su compañía y le lavaba los pies con la devoción de una virgen que se sentía sanada con aquel tacto y con aquella mirada deslumbrante. Era como acompañarle a cada batalla y se me ensanchaba el pecho con cada triunfo. Él sólo me miraba, pero yo podía escuchar su voz de cacao y pimienta contar preciosas historias épicas, llenas de luz, oro y diamantes… Era delgado y tenía una presencia dulce y regia.
Un día, mientras le cuidaba los pies como si le acariciara el corazón, me explicó en el modo como el solía que la próxima campaña era más larga y más delicada. Iba a bajar a la Tercera Dimensión -yo no podía imaginarme qué era eso, pero intuía que se trataba de algo emocionante- y que creía que yo también estaba preparada, pero sólo yo podía decidir si quería asumir ese reto. Me advirtió que no iba a ser fácil pero que nos acabaríamos encontrando y que no sabía cómo pero nos reconoceríamos casi inmediatamente. No sé si acepté enseguida o si esperé a echar de menos su presencia radiante y benéfica. De entonces a acá han debido pasar muchas cosas, no todas bonitas ni -menos aún- interesantes pero no me acuerdo bien; creo que hice un pacto, y que para validar la calidad de mi compromiso tuve que entregar casi todos los registros de mi memoria. Creo también que esa medida servia para paliar el dolor de la añoranza…

La primera vez que vi a Joseph, recluido en un orfanato en Etiopía, no pude sostenerle la mirada, ni entendí como se me estalló súbitamente un nudo del corazón en un llanto infinito.
Ahora voy cada día a darle de comer y nos miramos a los ojos. Me derrito. No puede hablar ni moverse de su camita, pero me cuenta historias que parecen relatos de ciencia ficción con su voz de príncipe, de pimienta y cacao, y me deja que le acaricie los pies…
…a veces me pide que le tararee algo de Mozart y yo obedezco y me dejo transportar allí donde sólo él y yo sabemos…

(Goba, Etiopía, 20 de Noviembre de 2014)

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