The Emperor too (El Emperador también)

Dejando de lado en lo posible argumentos manidos y renunciando absolutamente a escribir una tesis, me permito este “pronto socorro” (una expresión que le robo a Graciela Figueroa, maestra de tantas cosas) no tanto para posicionarme en este delicado tema que ha segado sólo en España y sólo en lo que va de año 44 vidas, sino para intentar dar asiento a la desazón que me produce la agitación de odios, en nombre del poder femenino.

Y, sin ser una tesis y sí sirviéndome para hablar del Tarot, que es de lo que se trata esta web, voy a decir que el poder femenino terrenal, que es el que encarna La Emperatriz, es precisamente integrador, inclusivo, nutridor, vital, acogedor, generoso… puedo seguir escribiendo montones de adjetivos, siempre que no impliquen nada excluyente. Cualquier cosa menos excluyente. Y por ese poder y con ese poder ella se regala, pare y amamanta; no por abnegación sacrificada sino porque está en su naturaleza, como lo está relacionarse en paz con su mundo sensorial y con sus sentimientos. Pero genera vida gracias también al Emperador, del que disfruta y al que se regala también por naturaleza y desde luego sin ninguna vocación de sacrificio -ella es experta en disfrutar.

A diferencia de La Emperatriz, El Emperador, el poder masculino terrenal arquetípico, sabe de fronteras, de números, de contención, de proyección de futuro, de dirección, de grados, de plazos, de cuidado del patrimonio, y de todo un montón de otras herramientas de organización imprescindibles a la vida, necesariamente excluyentes muchas veces. Y la salud de El Emperador se reconoce precisamente porque nada en todas esas herramientas es su propósito existencial, sino solo el instrumento. El propósito, exactamente igual que en el caso del arquetipo femenino, es la vida misma.

Pasa que una y otro están en todos y cada uno de nosotros, del todo, y pasa que es en nosotros donde pueden sanarse y donde piden estar sanos. Y eso es tanto como decir tener una relación sana con los dos arquetipos internos: que a La Emperatriz interna se le permita serlo en toda su grandeza, en toda su capacidad para la seducción, para el disfrute, para darse y para dejarse adorar y cuidar, y que El Emperador pueda desempeñar su misión directiva, proactiva y de visión de futuro; ambos de la mano y enfocados a que la vida medre en el mejor ecosistema. Y a esa vivencia interna le corresponde un reflejo de realidad parecido.

Por supuesto que una Emperatriz que se precie tiene que defenderse de un Emperador loco o abusador; está obligada y además por el bien de todos, claro que sí. Pero es importante que entre a su propia sanación si es que ha sufrido alguna consecuencia y sobre todo es capital que su propia sanación no incluya intoxicarse de los malentendidos neuróticos a los que hemos llegado (buscando el dominio o el desprecio de lo masculino por ejemplo) a causa de la tan traída y llevada cultura patriarcal, que llevó a negar y a aplacar lo que no se ajuste al pensamiento único o a una forma concreta. El peor de los malentendidos por extendido y perverso está orientado a torcer el entendimiento para  considerar que el dinero y otros artificios excluyentes son el sentido último de la vida en lugar de herramientas útiles.

Si la conquista de una plaza y de lo necesario para cubrir todo lo que la tribu requiera es una vocación natural del Emperador, su neurosis es un afán de invasión, posesión, dominio y control a cualquier precio, que hasta se le olvida que todo se trataba de la vida y de organizar para la vida. Y para todo tiene razones -hasta para explicar y justificar los motivos de una guerra, algo que en su sano juicio no concebiría de ninguna manera.

Quiero desde aquí por eso arropar y valorar todos los trabajos que se llevan a cabo a través de tantos círculos en favor de la sanación de la sensibilidad y los valores femeninos, desde la consciencia plena de que llevamos una herencia de ya muchas generaciones -no hace falta acudir a las posibles re-encarnaciones- de sumisión y ninguneo, lo que supone no sólo una injusticia manifiesta para nosotras sino una pérdida para la humanidad. Las secuelas directas e indirectas del Patriarcado han traído consigo una ausencia de autoestima generalizada en las mujeres, entre otros signos de su propia neurosis, que es precisamente con la que se retroalimenta la locura del Emperador. Pero sobre todo han traído un desequilibrio que no puede rectificarse tomando a lo masculino como modelo, y menos en este punto enfermo de lo masculino.

Todo mi refuerzo y mi amor a todos los trabajos de empoderamiento femenino, agrupadores, nutridores, sanadores, cuidadores y reconciliadores con la propia sensibilidad. Y que incluyan mantener a raya a los locos. Pero, por favor, que no sea en nombre del poder femenino tratar de imponerse a lo masculino, porque eso es un gesto que enferma, que nos enferma a todos. Es un gesto que toma como modelo no solo al Emperador, sino a uno que ha perdido el norte y la razón.

Propongo por eso que los trabajos de sanación de La Emperatriz se centren en rescatar sus todopoderosas y revitalizantes virtudes sensoriales, así como su vocación agrupadora y nutridora, desde espacios de cuidado y seguridad, pero recordando que se trata de ella, de su capacidad de disfrute, de acogida, de generación de vida. Desde ahí, lo natural es que se dé la mano con quien tenga su misma talla grandiosa, alguien en cuya contención poder descansar confiadamente.

Pero lo que me parece imperativo es una sanación masiva del Emperador, el que maneja el mundo de lo concreto y que ha perdido la visión de la vida y del futuro del Planeta, pero también al interno de cada uno, de cada una, porque la neurosis de la posesión y del dominio parece habernos dominado y poseído a todos.

…me imagino ahora un mundo donde organizar y conquistar le dé la mano a sentir y a nutrir; un mundo donde las ideologías, las religiones, los dineros, las fronteras y las leyes sean, de entrada, para el cuidado de la vida… Me imagino, sin proponérmelo, un mundo sin víctimas ni verdugos; un mundo donde emperatrices y emperadores se miran a los ojos con salud y respeto, también donde no se entienden. Y no soy la única que se lo imagina un mundo así, estoy segura.

 

 

 

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