XV. El Diablo, la paradoja insoportable

Me parece necesario reseñar pronto en este periplo, a modo de confesión, que cuando empecé a estudiar el Tarot, la carta XV. El Diablo, se me hacía insoportable. Tanto así que yo la habría suprimido del mazo; no sólo no me aclaraba nada sino que adivinaba en ella un efecto tan inmanejable que me enredaba cada vez más. No voy a decir que ahora sea de las que más me gustan pero debo reconocer su pertinencia imprescindible. Sobre todo, creo que la apertura que he necesitado para aceptarla como un hecho en mí y en todo cuanto requiere sanación en algún grado, me ha servido inconmensurablemente y además me ha llevado a conocer especialmente bien esta carta y todo su utilidad.

En mi propósito de recomendar libros, extraigo un texto de El Tarot y el Viaje del Héroe, de Hajo Banzhaf cuya lectura es un disfrute y una fuente extraordinaria de conocimiento y de inspiración y que, en concreto, me empezó a ayudar a reconocer el arcano XV. El Diablo más allá de una negrura densa terrorífica y, sobre todo, ajena a mí y a todo lo que tuviera que ver conmigo. Precisamente yo había dejado de fumar en esa época de un modo que muy bien podía tener que ver con lo que refleja el texto. Más allá de lo que consciente o inconscientemente hice en ese trayecto que resultó ser definitivo y que a aún me parece milagroso, sí que me había dado cuenta de que cada vez que una emoción amenazaba con asomar, fuera bonita o fea, fuerte o floja, esperable o sorprendente, yo me encendía un cigarro. Cuando me di cuenta tan claramente de eso, me propuse respirar ampliamente en ese momento y no ahogar nada de lo que se me moviera, aunque no me gustara. Pero no me proponía exactamente dejar de fumar, sino reservarme a hacerlo cuando fuera un placer, que para mí lo era muchas veces al día. Lo curioso es que con ese ejercicio -no de dejar de fumar sino de permitir la expansión de lo de cada momento- y con otro que consistió en convertir casi en un rito silencioso cada pitillo de los placenteros -no valía hacer otra cosa mientras fumaba, como si fuera una meditación- el tabaco se fue distanciando de mí hasta que me abandonó por completo. Desde más de dos paquetes y medio al día a cero en un proceso que no sé cuánto duró pero no menos de seis meses, y en el que lloré, cambié de alimentación, de trabajo, de casa, de amigos… Definitivamente, no es verdad que uno sea adicto para toda la vida porque nuestra naturaleza esencial es sana; lo que pasa es que no siempre se está condiciones de asumir las transformaciones y riesgos que comporta un camino tan comprometido con la propia esencia. Somos una unidad hecha de tantas cosas que ni nos imaginamos cómo se afectan unas a otras hasta que rompemos un hábito; ahí la aventura que se desencadena nos moviliza en todos los órdenes.

Ya he explicado por qué elijo este fragmento. Sólo me queda invitar a leer el libro entero, si es que lo han vuelto a catalogar:

“…Detrás de cada adicción hay una búsqueda que ha fracasado. Las conexiones son normalmente suprimidas tan radicalmente, que al final ya no sabemos qué era lo que buscábamos. Con frecuencia, incluso, ni siquiera somos conscientes de haber estado buscando algo. Solo percibimos las consecuencias, como que continuamos fumando a pesar de haberlo dejado en numerosas ocasiones. Al menos, en la primera mitad del camino tratábamos de resolver estos problemas con el método `masculino´de deshacernos de ello, según el dicho `si quiero, puedo´o `sería de chiste que no consiguiera controlar este tema´. Aparentemente hay quienes consiguen llevarlo con éxito a la realidad. Con gran dureza suprimen los síntomas y creen haber solucionado el problema completamente. Pero ésta no es la verdadera solución. Ningún fumador se convierte en no fumador de esta manera. Más tarde o más temprano, el problema generará nuevos síntomas para que no lo olvidemos, y rara vez la conciencia reconoce las conexiones. Muchas personas se apean antes de haber llegado tan lejos, haciendo fracasar de esta forma sus buenas intenciones que, como todos sabemos, siempre han empedrado el camino del Infierno. Y aquí es exactamente donde nos encontramos ahora.

El problema real está aquí, en el mundo de las sombras. Cuando lo solucionamos, también el síntoma se cura. Es difícil identificar el verdadero problema, encontrar lo que realmente estamos buscando, esos aspectos no vividos que se encuentran en nuestro interior y que quieren nacer a la vida. El sistema menos eficaz para hacerlo es reflexionar y darle vueltas y más vueltas en nuestra mente ya que nuestra conciencia continuará haciendo sugerencias que excluyen todo lo que considera negativo y que `por sobradas razones´ha sido separado. El ego se siente muy amenazado por lo que no tenemos y, como consecuencia destierra los aspectos rechazados, enviándolos al mundo de las sombras. Es más, nuestro ego preferiría `estar muerto´antes que permitir que esta parte de nosotros mismos tenga acceso a la conciencia. Aún así, el yo, que quiere guiarnos hacia la totalidad, hará lo posible para que encontremos lo que estamos buscando: ello ocurrirá aunque nuestra conciencia se oponga, negando tozudamente que estos aspectos censurados puedan tener algo que ver con nosotros. Si deseamos alcanzar este conocimiento, lo que de verdad nos ayudará será observar atentamente cualquier cosa que encontremos de forma reiterada, los temas que con frecuencia nos preocupan o el contenido de nuestros sueños.

Si nuestro intelecto no se resiste al conocimiento interior, permitiéndonos comprender que huir no es la solución, y que el tesoro escondido puede estar en aquello que nos indigna y nos saca de quicio, entonces hemos alcanzado la meta. Y, por extraño que parezca, comprender la solución de este problema no es esencial. Es suficiente con que suceda lo correcto. Esto quiere decir que nuestra adicción se solucionará en el momento en que demos los pasos correctos, aunque no percibamos lo que está ocurriendo o no entendamos cómo se relacionan estos dos temas…”.  Hajo Banzhaf

Aprovecho, al hilo del contenido, para publicitar el Tarot como apoyo a la sanación de las adicciones por el camino iniciático que propone el autor, así como las terapias que incluyan la dimensión corporal de la persona, porque contribuyen a impulsar los pasos adecuados en lo concreto con independencia de entender o no de qué se trata lo que nos ha llevado hasta allí.

 

 

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